¿Recuerdos transmitidos por inyección? ¿Gusanos capaces de recordar una habilidad después de ser decapitados? Tras estos experimentos, la investigación sobre la memoria avanza, demostrando que la nutrición del cerebro tiene un brillante futuro por delante.
El funcionamiento del cerebro y la memoria llevan décadas fascinando al público en general y a la comunidad científica.
Entre los experimentos más inquietantes sobre este tema figura uno realizado en los años 60 con planarias, que depara no pocas sorpresas...
Las planarias son pequeños platelmintos capaces de regenerarse rápidamente.
El científico James V. McConnell intentó demostrar que las planarias que habían aprendido un comportamiento podían transmitir la "memoria" de esta acción a otros individuos de una forma inesperada: al ser aplastadas y luego ingeridas por sus congéneres.
De ahí surgió la idea de una memoria transferible mediante sustancias biológicas. Sin embargo, los métodos utilizados y los resultados obtenidos en este estudio fueron muy criticados por su falta de rigor científico (y siguen siéndolo hoy en día).
Más recientemente, en 2018, el neurobiólogo David Glanzman, de la Universidad de UCLA (Los Ángeles), reavivó el debate. Inyectó ARNm extraído de caracoles marinos (Aplysia) que habían aprendido un comportamiento en sus homólogos ingenuos (que no habían recibido ningún entrenamiento específico) (1).
Tras la observación, los investigadores comprobaron que estos últimos mostraban reacciones similares a las de los animales entrenados. Un experimento que sugiere que el ARNm podría desempeñar un papel en el almacenamiento y la transferencia de la memoria.
Estos resultados han despertado un gran interés entre los científicos. Sin embargo, siguen siendo controvertidos, entre otras cosas por la complejidad de los mecanismos que subyacen al aprendizaje y la memoria. Además, es difícil extrapolar estos datos a los seres humanos.
Otros estudios han analizado, por supuesto, los mecanismos implicados en la memoria. En 2013, los gusanos planarios volvieron a ser noticia (2).
Esta vez, se les enseñó a superar su fotofobia para poder alimentarse. Una vez aprendido este comportamiento, las planarias fueron cortadas por la mitad.
Gracias a su impresionante capacidad de regeneración, cada mitad fue capaz de "regenerar" la parte que le faltaba en pocos días.
Como resultado, cada uno de los dos nuevos gusanos era capaz de exponerse a la luz en busca de alimento. Por tanto, ¡habían conservado la memoria del aprendizaje adquirido anteriormente!
Aunque estos experimentos aportan una serie de pistas para comprender la plasticidad cerebral, no validan la hipótesis de una memoria transmisible en el sentido estricto de la palabra.
La memoria es un proceso biológico complejo, que combina interacciones químicas, genéticas y ambientales.
Aunque algunos estudios clínicos han suscitado numerosos debates, los conocimientos actuales sobre la memoria se basan en fundamentos sólidos.
Ahora sabemos que los recuerdos no se almacenan en un único lugar del cerebro (3).
Son generados por una compleja red de neuronas, cuyas conexiones evolucionan con el tiempo y a lo largo de la vida. Es lo que se conoce como plasticidad sináptica.
Se han identificado mecanismos en los que interviene el ARNm, pero esta vez sin controversia, y es que el ARNm desempeña un papel clave en la síntesis de proteínas esenciales para la memoria (4).
Las investigaciones han demostrado que una actividad neuronal elevada desencadena la transcripción de ciertos genes, lo que permite la producción local de proteínas implicadas en la construcción de sinapsis. Por lo tanto, contribuye a la plasticidad sináptica.
Las modificaciones químicas pueden unirse al ADN y actuar como interruptores, activando o desactivando determinados genes relacionados con la memoria.
Estas llamadas marcas epigenéticas pueden influir en el funcionamiento de las neuronas a largo plazo (5). Esto explicaría por qué algunos recuerdos persisten durante muchos años.
Proteínas específicas como la PKMζ (proteína cinasa M-zeta) o la CREB (proteína de unión al elemento de respuesta del AMPc) intervienen en la formación de las trazas de memoria, es decir, en última instancia, de los recuerdos (6).
Actúan como interruptores bioquímicos, desencadenando una serie de mecanismos que contribuyen a reforzar las sinapsis y, por lo tanto, a memorizar ciertas cosas.
La bacopa monnieri se utiliza desde hace siglos en la medicina ayurvédica.
Se cree que tiene un efecto positivo sobre el sistema cerebral, mejorando la memoria a corto y largo plazo (7). Puede contribuir a mejorar la concentración y la memoria, mientras ayuda a promover la relajación.
La bacopa monnieri favorece la microcirculación sanguínea periférica y contribuye a un buen flujo sanguíneo, favoreciendo así la irrigación cerebral.
También contiene grandes cantidades de antioxidantes. Los antioxidantes ayudan a combatir el estrés oxidativo responsable del envejecimiento prematuro de las células, en particular las cerebrales.
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La colina es un nutriente esencial y precursor de la acetilcolina. La acetilcolina es un neurotransmisor que interviene en los procesos de memoria y aprendizaje (8).
A nivel orgánico, la acetilcolina favorece la comunicación entre las neuronas y contribuye a reforzar sus conexiones, ayudando al cerebro a almacenar recuerdos.
La colina también contribuye al metabolismo normal de la homocisteína, un aminoácido cuyos niveles estables favorecen la manutención de unas funciones cognitivas sanas.
La colina está presente de forma natural en los alimentos. Pero también es posible complementar su ingesta.
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También vale la pena considerar la salud cerebral en su conjunto, aportando al organismo varias sustancias beneficiosas para el cerebro y la función cognitiva.
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